Cuando llegué a casa la tarde del
día siguiente, después de haber pasado 24 horas con Oscar, mi marido me
esperaba instalado en el sofá, ni siquiera se levantó para darme un beso. Me resultó la criatura más anodina que había
conocido, sobretodo si lo comparaba con el magnífico ejemplar que había acabado
de degustar. Mi matrimonio estaba
acabado, lo supe entonces. ¿Merecía la
pena intentar salvarlo? Al menos tenía
que intentarlo.
Dicen que a partir de los 40
nadie cambia, sin embargo yo había empezado un proceso de transformación.
El primer cambio fue externo,
antes de acostarme me metí en la ducha, y mientras el agua corría depilé todo
el bello de mi zona genital. Aún sigo
así. Desnuda, me hace parecer más niña.
Cuando le enseñé a mi marido mi
sexo depilado, una chispa de pasión se encendió en él, pero por más que lo
intenté hicimos el amor de la misma forma que siempre, me aburría. Entonces
pensé en Oscar, imaginé que era él quien me poseía y recordé el ritmo de sus
movimientos. Me transporté a sus brazos,
a su cuerpo, a su pasión, y de esa forma alcancé el orgasmo. Sólo uno, siempre parábamos ahí.
Oscar me absorbía el pensamiento,
no podía dejar de pensar en él, deseaba volver a estar con él. Era mi obsesión, una obsesión maravillosa,
sensual, erótica.....hacía que mi sexo se humedeciera sólo pensando en él.
Pese a que él también estaba
casado, nos las arreglábamos casi todas las noches para conversar a través de
internet o de día a través del móvil. De
noche siempre acabábamos de la misma forma, imaginándonos una tórrida historia
de sexo, mientras a más de 400 kms nos masturbamos el uno para el otro,
deseándonos. Yo en la cama que compartía
con mi marido, mí entonces marido en el sofá.
El en su sofá, su esposa en la cama matrimonial. Sin embargo Oscar y yo, sólo pensábamos el
uno en el otro.
Unas semanas más tarde, tan
pronto como pude, volví a escaparme para estar con él. Era una adicción.
Volvió a recogerme en su
coche. Nada más entrar en él me propuso
otro juego.
Me dijo: "zorrita" ¿quieres comérmela?
Yo me quedé un poco aturdida, sin
comprender. Él lo vio en mi mirada y me
pidió expresamente que le hiciera una mamada mientras conducía de camino a su
casa.
Íbamos por la autovía a unos 100
kms/hora, él conduciendo, y yo removida en el sillón, lamiéndole el imponente
miembro, chupándoselo, sin poder meterlo entero en mi boca de grande que
estaba. Una mamada en toda regla. Se le
puso el miembro enorme, pero él no es de los que se corren sin saciar plenamente
a una mujer. Llegamos al garaje de su
casa con su pene en mi boca, no podía dejar de saborear aquella exquisitez. Eran las 11 de la mañana.
Esta vez nos quedamos en el
salón, hacía ya frío y encendió la chimenea para mí, me excitaba la idea de
hacerlo junto al fuego de una chimenea.
Lo vi liar un cigarro, con
hierba, sobre la mesita del salón, mientras yo le besaba el cuello, y luego la
espalda, sentada a horcajadas tras él en el sofá. Yo una señora, profesional, madre de familia,
jamás había fumado y mucho menos había probado ninguna sustancia psico-trópica
más allá de una copa de vino o licor.
Sin embargo no dudé en darle una calada a aquel cigarro, ni siquiera
sabía tragarme el humo. Él se reía de
mí, pero seguía ofreciéndomelo, y yo seguí dándole caladas, como podía, a aquel
cigarro. Hasta que a fuerza de dar
caladas, aunque fueran mal, la maría empezó a hacer efecto sobre mí.
Me obnubilaba los sentidos, me
desinhibía aún más.
Cuando terminamos el cigarro me
miró fijamente a los ojos y mientras yo estaba perdida en ellos, sin saber
cómo, en un instante, me arrancó el tanga que llevaba puesto, me cogió en
brazos, me puso sobre la mesa de comedor del salón y me penetró sin preámbulos.
Aquella fuerza me hizo sangrar
levemente, pero mi placer fue aún mayor, y el suyo. No paró de darme placer hasta que perdí la
cuenta de las veces que me corría.
Entonces me bajó de la mesa, me
puso de espaldas, e hizo que me apoyara con los codos sobre ella, deslizó su
miembro húmedo por mi culito y cuando empezó a dilatar, poco a poco me poseyó a
través de él. Con sus dedos acariciaba
mi clítoris y juntos nos corrimos a un mismo compás. Sus gemidos y los míos acompasados, jadeando
los dos de puro placer.
Llevábamos horas follando sin
parar.
Cuando me dejó en la estación la
mañana siguiente sus palabras de despedida fueron las siguientes: SOY TU AMO


No hay comentarios:
Publicar un comentario