martes, 21 de mayo de 2013

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Atención a todo el mundo, ya tenemos nuevo blog en el que publicaremos las cosas mas morbosas, excitantes y viciosas de la red.

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martes, 24 de julio de 2012

La perra de Oscar


La relación entre Oscar y yo se intensificaba por momentos.

Yo sabía que él había tenido multitud de amantes a lo largo de sus 40 años: modelos, azafatas, scort, mujeres guapas de todo el país y hasta de fuera durante el tiempo que había vivido en Francia y Alemania, sin embargo también sabía que ninguna de sus aventuras había sido tan intensa como la que yo vivía con él, que ninguna había perdurado como iba a hacerlo la nuestra.  Estaba segura, ahora después de tres años, puedo afirmarlo con rotundidad.  

En una ocasión me preguntó si alguna vez me había planteado la sumisión, hube de reconocer que algunos aspectos siempre me habían seducido, sin embargo yo era un espíritu demasiado libre para sentirme atada a nadie en esa forma.  

sábado, 21 de julio de 2012

Me estaba enamorando de Oscar, y no podía evitarlo.  Tampoco quería.
Necesitaba sentir, estar viva, y Oscar me daba lo que en años no había tenido.  Me hacía sentir especial, deseada, valorada, bella.  El realzaba mis cualidades femeninas y yo me dejaba modelar cual arcilla en sus manos.

Vivía esperando el momento de volver a estar con mi amante. 

La relación con mi actual exmarido se iba deteriorando, y ni él, ni yo, hacíamos nada por evitarlo.

Hablaba con Oscar todos los días y sólo oír su voz hacía que mis braguitas se empaparan.  Tiene una voz tan potente, tan varonil, siempre que hablamos me envuelve en él, en su sensualidad, en su fuerza, su masculinidad.....

Sabía entonces que él jamás se enamoraría de mí, pero eso no me importaba, yo necesitaba amarlo.  Además, él nunca amaría a nadie, me bastaba ver que sentía algo especial por mí, aún lo sigue haciendo, y yo, aunque menos, aún sigo amándolo.

Él era mi fuerza, una tabla a la que agarrarse en la tormenta.

Para la próxima cita me propuso un disfraz erótico.  Juntos lo escogimos a través de internet.  Era un disfraz de enfermera.

Un mes más tarde me recogió una vez más en la estación de tren, me esperaba con su verga fuera, creo que no le cabía en el pantalón de lo excitado que estaba.  Me puso a mil.  No podía apartar mis ojos de ella, yo sabía lo deliciosa que era, y ese día era otra vez para mí.

En aquella ocasión nos hospedamos en un hotel a la salida de la ciudad, suerte que la habitación que nos dieron estaba al final del pasillo, y poca gente podía oír mis gemidos de placer.  Sino, tal vez, nos hubiesen echado del hotel.

Al momento de entrar en la habitación, abrí mi maleta, cogí mi disfraz y entré al baño.  Cuando salí era su enfermera, dispuesta a bajar sus grados de temperatura, que era muy, muy, muy alta.
Sin quitarme el disfraz me poseyó una y otra vez, su ritmo era impresionante, como siempre.  Aguantaba horas follándome hasta que se corría, yo mientras no dejaba de tener un orgasmo tras otro.  Aún no he conocido ningún otro hombre así.

Veía el deseo en sus ojos felinos, me devoraban, me quemaba en su fuego, y yo era plena ardiendo en ellos.



Salimos a almorzar, como si fuésemos una pareja de enamorados, él me cogía de la cintura, fuerte, atrayéndome hacia él.  Yo me inflaba sintiéndome que era suya.

A la vuelta a la habitación el ritual se repitió, el ritmo de sus movimientos, la oscilación de sus caderas, volvía a llevarme al éxtasis más absoluto.

Justo antes de verter su leche dentro de mí, y llenarme con su semilla, por segunda vez aquel día, me dio una bofetada estruendosa en la cara.  Yo no lo esperaba, sin embargo, no entendí como, provocó que nos corriésemos juntos, alcanzando el placer absoluto.  Cuando se recuperó me preguntó: ¿Te ha gustado zorra?

miércoles, 18 de julio de 2012

Segunda visita



Cuando llegué a casa la tarde del día siguiente, después de haber pasado 24 horas con Oscar, mi marido me esperaba instalado en el sofá, ni siquiera se levantó para darme un beso.  Me resultó la criatura más anodina que había conocido, sobretodo si lo comparaba con el magnífico ejemplar que había acabado de degustar.  Mi matrimonio estaba acabado, lo supe entonces.  ¿Merecía la pena intentar salvarlo?  Al menos tenía que intentarlo.

Dicen que a partir de los 40 nadie cambia, sin embargo yo había empezado un proceso de transformación.

El primer cambio fue externo, antes de acostarme me metí en la ducha, y mientras el agua corría depilé todo el bello de mi zona genital.  Aún sigo así.  Desnuda, me hace parecer más niña.

Cuando le enseñé a mi marido mi sexo depilado, una chispa de pasión se encendió en él, pero por más que lo intenté hicimos el amor de la misma forma que siempre, me aburría. Entonces pensé en Oscar, imaginé que era él quien me poseía y recordé el ritmo de sus movimientos.  Me transporté a sus brazos, a su cuerpo, a su pasión, y de esa forma alcancé el orgasmo.  Sólo uno, siempre parábamos ahí.

Oscar me absorbía el pensamiento, no podía dejar de pensar en él, deseaba volver a estar con él.  Era mi obsesión, una obsesión maravillosa, sensual, erótica.....hacía que mi sexo se humedeciera sólo pensando en él.

Pese a que él también estaba casado, nos las arreglábamos casi todas las noches para conversar a través de internet o de día a través del móvil.  De noche siempre acabábamos de la misma forma, imaginándonos una tórrida historia de sexo, mientras a más de 400 kms nos masturbamos el uno para el otro, deseándonos.  Yo en la cama que compartía con mi marido, mí entonces marido en el sofá.  El en su sofá, su esposa en la cama matrimonial.  Sin embargo Oscar y yo, sólo pensábamos el uno en el otro.

Unas semanas más tarde, tan pronto como pude, volví a escaparme para estar con él.  Era una adicción.


Volvió a recogerme en su coche.  Nada más entrar en él me propuso otro juego.
Me dijo: "zorrita" ¿quieres comérmela?

Yo me quedé un poco aturdida, sin comprender.  Él lo vio en mi mirada y me pidió expresamente que le hiciera una mamada mientras conducía de camino a su casa.
Íbamos por la autovía a unos 100 kms/hora, él conduciendo, y yo removida en el sillón, lamiéndole el imponente miembro, chupándoselo, sin poder meterlo entero en mi boca de grande que estaba. Una mamada en toda regla.  Se le puso el miembro enorme, pero él no es de los que se corren sin saciar plenamente a una mujer.  Llegamos al garaje de su casa con su pene en mi boca, no podía dejar de saborear aquella exquisitez.  Eran las 11 de la mañana.

Esta vez nos quedamos en el salón, hacía ya frío y encendió la chimenea para mí, me excitaba la idea de hacerlo junto al fuego de una chimenea.

Lo vi liar un cigarro, con hierba, sobre la mesita del salón, mientras yo le besaba el cuello, y luego la espalda, sentada a horcajadas tras él en el sofá.  Yo una señora, profesional, madre de familia, jamás había fumado y mucho menos había probado ninguna sustancia psico-trópica más allá de una copa de vino o licor.  Sin embargo no dudé en darle una calada a aquel cigarro, ni siquiera sabía tragarme el humo.  Él se reía de mí, pero seguía ofreciéndomelo, y yo seguí dándole caladas, como podía, a aquel cigarro.  Hasta que a fuerza de dar caladas, aunque fueran mal, la maría empezó a hacer efecto sobre mí.

Me obnubilaba los sentidos, me desinhibía aún más.

Cuando terminamos el cigarro me miró fijamente a los ojos y mientras yo estaba perdida en ellos, sin saber cómo, en un instante, me arrancó el tanga que llevaba puesto, me cogió en brazos, me puso sobre la mesa de comedor del salón y me penetró sin preámbulos.
Aquella fuerza me hizo sangrar levemente, pero mi placer fue aún mayor, y el suyo.  No paró de darme placer hasta que perdí la cuenta de las veces que me corría.

Entonces me bajó de la mesa, me puso de espaldas, e hizo que me apoyara con los codos sobre ella, deslizó su miembro húmedo por mi culito y cuando empezó a dilatar, poco a poco me poseyó a través de él.  Con sus dedos acariciaba mi clítoris y juntos nos corrimos a un mismo compás.  Sus gemidos y los míos acompasados, jadeando los dos de puro placer.

Llevábamos horas follando sin parar.


Cuando me dejó en la estación la mañana siguiente sus palabras de despedida fueron las siguientes: SOY TU AMO

martes, 17 de julio de 2012

Alana


A mis 40 años aún conservo las medidas de cuando tenía 25, y eso después de haber tenido tres criaturas.  De mí puedo decir que soy como los buenos vinos, mejoro con la edad, y eso no es fácil.  Soy una mujer elegante, culta, moderna, capaz de complacer al hombre más exigente.

Ahora con los años, no hay hombre que se me resista. Pero eso no fue hasta que, hace dos años, lo encontré a él, al hombre que cambió mi vida.

Aún estaba casada cuando lo conocí, y mi sexualidad estaba totalmente apagada.  No había conocido más hombre que mi marido y no era precisamente un buen amante, ahora lo sé.

Nos conocimos en un chat una noche de agosto, aún la recuerdo como si fuese ayer, yo con el portátil en mi cama, y unas braguias negras por toda ropa, mi ahora exmarido en el salón viendo la tele, y él, en el sofá de su casa, de Rodríguez, con un tinto de verano y su portátil.

Curioso mundo este de internet, hace extraños compañeros de viaje, construye relaciones, destruye otras...... a mí me cambió la vida.  Desirée fue el nick que usé al entrar al chat, y en deseada me convertí al conocerlo a él.

Desde el primer instante hubo química entre los dos, yo diría que una reacción nuclear, el caso es que esa misma noche nos imaginamos haciéndonos el amor en el jacuzzi de su casa.  Recostada en mi cama, con el portátil, mientras él imaginaba para nosotros una tórrida noche de pasión, acaricié mi sexo hasta que envuelta en su sueño mi cuerpo se dejó ir hacia el placer, fue un orgasmo intenso, pero nada comparado con los que él me iba a hacer sentir poco tiempo después.  En unos minutos había prendido en mí la llama del deseo.  Cuando él apagó su fuego, vertiendo su semen para mí, y nuestras respiraciones volvieron a su ritmo normal, directamente me preguntó: Quieres ser mi amante?  Sólo pude contestar una palabra:  SI.  Yo ya era suya.

Era un imán, y yo el polo opuesto.  Jamás he conocido a nadie como él, no creo que lo haga.  El caso es que yo me convertí en su obra.

Vivimos a más de 400 kilómetros de distancia, y la imposibilidad por sus negocios de trasladarse hasta mi ciudad, hizo que un día yo, con una buena excusa, cogiera una pequeña maleta, y dejando a mi entonces marido, y a mis hijas, cogí un tren dispuesta a que me hiciera gozar como nunca antes lo había hecho, a que me enseñara lo que era el placer.

Me recogió en la estación de tren, en su coche, antes sólo nos habíamos visto unos escasos minutos a través de una webcam, casi a oscuras.  Nada más verlo sentí su fuerza de hombre, su masculinidad, su hombría.  Debía de estar loca para hacer algo así, pero allí estaba yo, subida en el coche de un perfecto desconocido, del que no sabía más que su nombre y su número de teléfono, deseándolo con cada poro de mi piel, mi sexo se había humedecido nada más verlo, nunca antes me había ocurrido algo así.  Sé que él sintió lo mismo por mí, lo podía ver en como abultaba su pantalón.  Eramos dos animales en celo.

Cuando salimos del coche, se acercó a mí, y sin decir palabra, con un brazo me agarró de la cintura y me atrajo fuertemente hacia su cuerpo, pude sentir su pene firmemente erecto y enorme por encima de mi pubis.  Con la otra mano me agarró del pelo y acercando mi boca a la suya me besó de forma que me hizo estremecer.  

Me llevó a cenar a un restaurante apartado, con estancias individuales.  Allí con toda naturalidad puso un pequeño vibrador en mi mano, yo nunca había visto algo así, ni siquiera había oído hablar de él, de un huevo vibrador, me dijo que fuera al servicio y lo introdujera en mi vagina.

Yo dispuesta a obedecerle, a vivir nuevas experiencias y a entregarme al placer lo hice sin rechistar, nerviosa como una niña.  Mi sorpresa fue cuando lo vi accionar un pequeño mando a distancia y aquel pequeño artilugio empezó a vibrar dentro de mí mientras degustaba una magnífica ensalada.  Mi cuerpo se estremeció, mientras él con una enorme sonrisa en la cara me desnudaba con la mirada.  Sentía su deseo y sentirme deseaba por aquel magnífico ejemplar me hacía irradiar una fuerza de mujer que nunca antes había tenido.  Era una hembra, su hembra.

Jugó a placer con aquel artilugio durante la cena, y jugó conmigo, hasta que no pude aguantar más y no tuve más remedio que correrme justo cuando el camarero servía el postre.  El gemido que arrancó de mí provocó las miradas libidinosas del camarero, pero yo sólo tenía ojos para él.

Llegamos a su casa y de la mano me llevó a su habitación, poco a poco me desvistió mientras acariciaba y besaba cada centímetro de mi piel.  Después me tocó a mí hacerlo con él, y cuando bajé su ropa interior me quedé extasiada ante el porte de su miembro.  En plena erección era impresionante, perfectamente recto, perfectamente duro, y de más de 20 cms como me había asegurado durante la cena, al oído. Tímida, lo acaricié con mis manos, pero lo que de verdad deseaba, desde que lo intuí bajo sus pantalones, era probar su sabor y entonces arrodillándome delante de él acerqué mi lengua húmeda y comencé a lamérselo despacio, recorriéndolo cuán largo era, cuando ya estaba totalmente mojado lo metí en mi boca para chuparlo.  Sigue siendo lo más rico que he probado hasta ahora.

Mi sexo estaba húmedo como nunca, deseaba que aquel hombre me penetrara, me llenara, me clavara, me hiciera suya.

Me tumbé bocarriba en su cama, y él lo hizo sobre mí, mirándome a los ojos, hipnotizándome.  Noté su pene entre mis piernas, fuerte, poderoso, lo fue metiendo poco a poco en mi vagina mojada, hasta que sentí como se apoyaba sobre el cuello de mi útero, entonces lo sacó igual de despacio que lo había metido, y cuando estaba fuera volvió a meterlo, pero esta vez de golpe, en un instante, clavándomelo, recuerdo que solté un grito de placer.  Entonces comenzó a moverse, con diferentes ritmos, con diferentes intensidades, hasta que me llevó al borde del orgasmo, cuando mi cuerpo ya no podía más paró, sin que me hubiese corrido y cuando me recuperé comenzó de nuevo, llevándome otra vez al punto del orgasmo. Yo gemía, jadeaba, me era imposible contenerlos, esta vez si dejó que me corriera, me susurraba al oído que lo hiciera, que lo mojara, jamás había tenido un orgasmo tan intenso como aquel, me sacudió la espina dorsal con una fuerza inmensurable y todo mi sexo, todo mi cuerpo disfrutaba de aquella sensación, y pedía más.  La cadencia de sus caderas me hacía enloquecer.  Aquella escena se repitió 8 veces.  El tanteo fue 8 a 3 al amanecer.

Al oído me susurraba que era su zorrita, su putita.