A
mis 40 años aún conservo las medidas de cuando tenía 25, y eso después de
haber tenido tres criaturas. De mí puedo decir que soy como los buenos
vinos, mejoro con la edad, y eso no es fácil. Soy una mujer elegante,
culta, moderna, capaz de complacer al hombre más exigente.
Ahora con los años, no hay hombre que se me resista. Pero eso no
fue hasta que, hace dos años, lo encontré a él, al hombre que cambió mi
vida.
Aún estaba casada cuando lo conocí, y mi sexualidad estaba totalmente
apagada. No había conocido más hombre que mi marido y no era precisamente
un buen amante, ahora lo sé.
Nos conocimos en un chat una noche de agosto, aún la recuerdo
como si fuese ayer, yo con el portátil en mi cama, y unas braguias negras por
toda ropa, mi ahora exmarido en el salón viendo la tele, y él, en el sofá de su
casa, de Rodríguez, con un tinto de verano y su portátil.
Curioso mundo este de internet, hace extraños compañeros de viaje, construye
relaciones, destruye otras...... a mí me cambió la vida. Desirée fue el
nick que usé al entrar al chat, y en deseada me convertí al conocerlo a él.
Desde el primer instante hubo química entre los dos, yo diría que una
reacción nuclear, el caso es que esa misma noche nos imaginamos haciéndonos el
amor en el jacuzzi de su casa. Recostada en mi cama, con el portátil,
mientras él imaginaba para nosotros una tórrida noche de pasión, acaricié mi
sexo hasta que envuelta en su sueño mi cuerpo se dejó ir hacia el placer, fue
un orgasmo intenso, pero nada comparado con los que él me iba a hacer
sentir poco tiempo después. En unos minutos había prendido en mí la llama
del deseo. Cuando él apagó su fuego, vertiendo su semen para mí, y
nuestras respiraciones volvieron a su ritmo normal, directamente me preguntó:
Quieres ser mi amante? Sólo pude contestar una palabra: SI.
Yo ya era suya.
Era un imán, y yo el polo opuesto. Jamás he conocido a nadie como él, no
creo que lo haga. El caso es que yo me convertí en su obra.
Vivimos a
más de 400 kilómetros de distancia, y la imposibilidad por sus negocios de
trasladarse hasta mi ciudad, hizo que un día yo, con una buena excusa, cogiera
una pequeña maleta, y dejando a mi entonces marido, y a mis hijas, cogí un tren
dispuesta a que me hiciera gozar como nunca antes lo había hecho, a que me
enseñara lo que era el placer.
Me recogió
en la estación de tren, en su coche, antes sólo nos habíamos visto unos escasos
minutos a través de una webcam, casi a oscuras. Nada más verlo sentí su
fuerza de hombre, su masculinidad, su hombría. Debía de estar loca para
hacer algo así, pero allí estaba yo, subida en el coche de un perfecto
desconocido, del que no sabía más que su nombre y su número de teléfono,
deseándolo con cada poro de mi piel, mi sexo se había humedecido nada más
verlo, nunca antes me había ocurrido algo así. Sé que él sintió lo mismo
por mí, lo podía ver en como abultaba su pantalón. Eramos dos animales en
celo.
Cuando
salimos del coche, se acercó a mí, y sin decir palabra, con un brazo me agarró
de la cintura y me atrajo fuertemente hacia su cuerpo, pude sentir su pene
firmemente erecto y enorme por encima de mi pubis. Con la otra mano me
agarró del pelo y acercando mi boca a la suya me besó de forma que me hizo
estremecer.
Me llevó a
cenar a un restaurante apartado, con estancias individuales. Allí con
toda naturalidad puso un pequeño vibrador en mi mano, yo nunca había visto algo
así, ni siquiera había oído hablar de él, de un huevo vibrador, me dijo
que fuera al servicio y lo introdujera en mi vagina.
Yo dispuesta
a obedecerle, a vivir nuevas experiencias y a entregarme al placer lo hice sin
rechistar, nerviosa como una niña. Mi sorpresa fue cuando lo vi accionar
un pequeño mando a distancia y aquel pequeño artilugio empezó a vibrar dentro
de mí mientras degustaba una magnífica ensalada. Mi cuerpo se estremeció,
mientras él con una enorme sonrisa en la cara me desnudaba con la mirada.
Sentía su deseo y sentirme deseaba por aquel magnífico ejemplar me hacía
irradiar una fuerza de mujer que nunca antes había tenido. Era una
hembra, su hembra.
Jugó a
placer con aquel artilugio durante la cena, y jugó conmigo, hasta que no pude
aguantar más y no tuve más remedio que correrme justo cuando el camarero servía
el postre. El gemido que arrancó de mí provocó las miradas libidinosas del
camarero, pero yo sólo tenía ojos para él.
Llegamos a
su casa y de la mano me llevó a su habitación, poco a poco me desvistió
mientras acariciaba y besaba cada centímetro de mi piel. Después me tocó
a mí hacerlo con él, y cuando bajé su ropa interior me quedé extasiada ante el
porte de su miembro. En plena erección era impresionante, perfectamente
recto, perfectamente duro, y de más de 20 cms como me había asegurado durante
la cena, al oído. Tímida, lo acaricié con mis manos, pero lo que de verdad
deseaba, desde que lo intuí bajo sus pantalones, era probar su sabor
y entonces arrodillándome delante de él acerqué mi lengua húmeda y comencé a
lamérselo despacio, recorriéndolo cuán largo era, cuando ya estaba totalmente
mojado lo metí en mi boca para chuparlo. Sigue siendo lo más rico que he
probado hasta ahora.
Mi sexo
estaba húmedo como nunca, deseaba que aquel hombre me penetrara, me llenara, me
clavara, me hiciera suya.

Me tumbé
bocarriba en su cama, y él lo hizo sobre mí, mirándome a los ojos,
hipnotizándome. Noté su pene entre mis piernas, fuerte, poderoso, lo fue
metiendo poco a poco en mi vagina mojada, hasta que sentí como se apoyaba sobre
el cuello de mi útero, entonces lo sacó igual de despacio que lo había metido,
y cuando estaba fuera volvió a meterlo, pero esta vez de golpe, en un instante,
clavándomelo, recuerdo que solté un grito de placer. Entonces comenzó a
moverse, con diferentes ritmos, con diferentes intensidades, hasta que me llevó
al borde del orgasmo, cuando mi cuerpo ya no podía más paró, sin que me hubiese
corrido y cuando me recuperé comenzó de nuevo, llevándome otra vez al punto del
orgasmo. Yo gemía, jadeaba, me era imposible contenerlos, esta vez si dejó que
me corriera, me susurraba al oído que lo hiciera, que lo mojara, jamás había
tenido un orgasmo tan intenso como aquel, me sacudió la espina dorsal con una
fuerza inmensurable y todo mi sexo, todo mi cuerpo disfrutaba de aquella
sensación, y pedía más. La cadencia de sus caderas me hacía enloquecer.
Aquella escena se repitió 8 veces. El tanteo fue 8 a 3 al amanecer.
Al oído me
susurraba que era su zorrita, su putita.