sábado, 21 de julio de 2012

Me estaba enamorando de Oscar, y no podía evitarlo.  Tampoco quería.
Necesitaba sentir, estar viva, y Oscar me daba lo que en años no había tenido.  Me hacía sentir especial, deseada, valorada, bella.  El realzaba mis cualidades femeninas y yo me dejaba modelar cual arcilla en sus manos.

Vivía esperando el momento de volver a estar con mi amante. 

La relación con mi actual exmarido se iba deteriorando, y ni él, ni yo, hacíamos nada por evitarlo.

Hablaba con Oscar todos los días y sólo oír su voz hacía que mis braguitas se empaparan.  Tiene una voz tan potente, tan varonil, siempre que hablamos me envuelve en él, en su sensualidad, en su fuerza, su masculinidad.....

Sabía entonces que él jamás se enamoraría de mí, pero eso no me importaba, yo necesitaba amarlo.  Además, él nunca amaría a nadie, me bastaba ver que sentía algo especial por mí, aún lo sigue haciendo, y yo, aunque menos, aún sigo amándolo.

Él era mi fuerza, una tabla a la que agarrarse en la tormenta.

Para la próxima cita me propuso un disfraz erótico.  Juntos lo escogimos a través de internet.  Era un disfraz de enfermera.

Un mes más tarde me recogió una vez más en la estación de tren, me esperaba con su verga fuera, creo que no le cabía en el pantalón de lo excitado que estaba.  Me puso a mil.  No podía apartar mis ojos de ella, yo sabía lo deliciosa que era, y ese día era otra vez para mí.

En aquella ocasión nos hospedamos en un hotel a la salida de la ciudad, suerte que la habitación que nos dieron estaba al final del pasillo, y poca gente podía oír mis gemidos de placer.  Sino, tal vez, nos hubiesen echado del hotel.

Al momento de entrar en la habitación, abrí mi maleta, cogí mi disfraz y entré al baño.  Cuando salí era su enfermera, dispuesta a bajar sus grados de temperatura, que era muy, muy, muy alta.
Sin quitarme el disfraz me poseyó una y otra vez, su ritmo era impresionante, como siempre.  Aguantaba horas follándome hasta que se corría, yo mientras no dejaba de tener un orgasmo tras otro.  Aún no he conocido ningún otro hombre así.

Veía el deseo en sus ojos felinos, me devoraban, me quemaba en su fuego, y yo era plena ardiendo en ellos.



Salimos a almorzar, como si fuésemos una pareja de enamorados, él me cogía de la cintura, fuerte, atrayéndome hacia él.  Yo me inflaba sintiéndome que era suya.

A la vuelta a la habitación el ritual se repitió, el ritmo de sus movimientos, la oscilación de sus caderas, volvía a llevarme al éxtasis más absoluto.

Justo antes de verter su leche dentro de mí, y llenarme con su semilla, por segunda vez aquel día, me dio una bofetada estruendosa en la cara.  Yo no lo esperaba, sin embargo, no entendí como, provocó que nos corriésemos juntos, alcanzando el placer absoluto.  Cuando se recuperó me preguntó: ¿Te ha gustado zorra?

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