La relación entre Oscar y yo se intensificaba por momentos.
Yo sabía que él había tenido multitud de amantes a lo largo de sus 40 años:
modelos, azafatas, scort, mujeres guapas de todo el país y hasta de fuera
durante el tiempo que había vivido en Francia y Alemania, sin embargo también
sabía que ninguna de sus aventuras había sido tan intensa como la que yo vivía
con él, que ninguna había perdurado como iba a hacerlo la nuestra. Estaba
segura, ahora después de tres años, puedo afirmarlo con rotundidad.
En una ocasión me preguntó si alguna vez me había planteado la sumisión,
hube de reconocer que algunos aspectos siempre me habían seducido, sin embargo
yo era un espíritu demasiado libre para sentirme atada a nadie en esa forma.
Era consciente, como nunca, de que me gustaba jugar en la cama (lo que
nunca había hecho con mi exmarido), pero tenía mis límites y jamás dejaría que
nadie los transgrediera. Hasta dichos límites me quedaba mucha
partida por jugar. Era mi amo, pero yo desde luego no era su esclava.
El otoño estaba llegando a su fin la cuarta vez que me recogió en la
estación de tren, estábamos en el puente de la constitución. En aquella
ocasión no podíamos ir a su casa, estaban pintándola. Me propuso ir al
piso de un amigo que estaba de vacaciones y le había dejado las llaves.
Allí, en la casa de su amigo, me ató a los barrotes de la cama, me colocó
un antifaz negro y comenzó a lamer todo mi cuerpo, no dejó un centímetro de piel,
sin acariciarme, besarme o lamerme. Yo estaba chorreando, cachonda a más
no poder, como una perra, su perra.
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